La Iglesia y los otros – Por Juan Cruz
Ignoro si eres religioso, católico o no, y no te lo voy a preguntar, querido Juan Manuel. Nunca tuve interés en indagar sobre esas intimidades de la gente, pero te adelanto que desde adolescente algo debió suceder que me alejó por completo de la religión pero no de los religiosos. Tengo un enorme afecto por muchos de los que he conocido, sobre todo en los tiempos de la iglesia católica más o menos revolucionaria del Madrid de los años ochenta, cuando los sacerdotes afianzaban su compromiso público por la democracia y por el acercamiento a la sociedad en sus estamentos más humildes. Fui amigo del que luego serÃa obispo de Las Palmas, monseñor Echarren, y frecuenté mucho al cura Iniesta, que era un obispo muy especial. Fui también cercano al jesuita DÃez AlegrÃa, al que conocà en Tenerife, en casa de un doctor pariente suyo, el médico Bueno, que además era buenÃsimo. Ahora sigo con mucho interés las novedades que ha aportado a la actitud de la Iglesia el papa actual, Francisco. Leà el otro dÃa una crónica excelente de mi compañero Francisco Peregil, desde Buenos Aires, en la que un grupo de amigos de siempre del pontÃfice expresaba de manera sencilla y honda de qué manera aquel sacerdote se comportaba en tiempos de menor compromiso público, y hasta qué punto la alegrÃa y el humor siempre formaron parte de la sencillez de la amistad que compartieron. Ignoro si este papa hará que algunos dogmas, que no fueron dictados por Jesucristo sino por la jerarquÃa, se reformen y queden obsoletos; pero hay algo de su actitud que ha sido un aire fresco en ese devenir a veces tan sombrÃo de la Iglesia, representada aquÃ, por cierto, por un cardenal bien sombrÃo, el hosco cardenal Rouco. Creo que la sencillez de Francisco, que lleva un año en el pontificado, no sólo tiene efecto sobre los católicos, sino que llama la atención contra tanta solemnidad vacÃa como la que gobierna religiones, sectas, empresas, personas y entidades. ¿No te parece? Como decÃa mi madre, una sencillez es muy bonita.
El liderazgo jesuita – Por Juan Manuel Bethencourt
Tampoco me sorprende, querido Juan, el torrente de elogios recibidos por el papa Francisco en su aún breve mandato sobre la Iglesia católica, de la que, por cierto, soy miembro. Estamos no ante un revolucionario, sino ante un reformista, un reformista al estilo jesuita. Ya resulta novedosa su condición, al tratarse del primer integrante de la CompañÃa de Jesús que alcanza el obispado de Roma, algo que puede entenderse como una anomalÃa dado el papel, muchas veces incómodo a ojos de la curia, desempeñado por una institución con siglos de experiencia en el ámbito de la educación en los cinco continentes. Ahà citas, con acierto, el ejemplo del cura DÃez AlegrÃa. El liderazgo al estilo jesuita se resume, entiendo, en cuatro principios: todos somos lÃderes y dirigimos todo el tiempo, bien o mal; el liderazgo nace de adentro, determina quién soy y cómo lo hago; el liderazgo no es un acto, es una vida, una manera de vivir; y, finalmente, es una tarea que no termina nunca, se trata de un proceso continuo. La aportación de Francisco es recoger este legado, y ejemplos tiene de sobra, comenzando por el que será segundo santo canario, el también jesuita y lagunero José de Anchieta, que el papa conoce a la perfección. La osadÃa de Francisco, su modo de cultivar el concepto tan jesuÃtico del magis, del ir a más, contrasta en efecto con aquellos que, como el cardenal Rouco, contemplan la evolución de nuestra sociedad con temor y optan por el inmovilismo. Sé que Francisco cambiará cosas en el devenir de la Iglesia, y sé también que decepcionará a aquellos que quieren un Papa ateo, pues esa contradicción pende latente de tantos elogios. Aprecio, finalmente, su perenne sonrisa, que con frecuencia deviene en limpia carcajada. Desde hace años pienso que en las altas esferas de este mundo, desde la polÃtica a la economÃa pasando por el liderazgo religioso, falta sentido del humor en la misma medida que sobra frivolidad. He aquà un lÃder capaz de sentir, sufrir y reÃr. Verdad, amor y simplicidad, querido Juan.
