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Buena o mala inflación – Por Jesús Sánchez-Quiñones González

   

A base de repetir constantemente determinadas ideas o conceptos, éstos se convierten en verdades no cuestionadas. Ahora parece existir un consenso general entre autoridades, analistas y medios de comunicación sobre la conveniencia de que la inflación aumente hasta niveles del 2%, considerando la situación actual de IPC del 0,3% en Europa y caída del 0,5% en España como peligrosa y preocupante. Es cierto que el objetivo de estabilidad de precios del BCE se concreta en alcanzar un nivel de inflación cercano pero inferior al 2%. Sin embargo, en la actual situación económica la subida de precios, incluso al 2% desde los niveles actuales, traería consigo efectos muy perniciosos. La inflación, medida a través del IPC (Índice de Precios al Consumo), recoge la variación porcentual de precios de la cesta de la compra respecto al mismo periodo del año anterior. El último del IPC español refleja un descenso de los precios del 0,5%. Pese a ello, no hay deflación, entendiendo por tal una caída constante y generalizada de los precios y un aumento de las expectativas de que sigan cayendo en el futuro. Aunque en España la tasa de inflación sea actualmente negativa, no se posponen las decisiones de consumo ante la expectativa de caída de precios futuros. A modo ilustrativo, los ordenadores, aparatos electrónicos o televisiones mejoran constantemente sus prestaciones con reducciones significativas de precios, y no por ello se posponen las decisiones de compra. La previsible reducción de precios futura en este sector no merma sus ventas. Asistimos a una economía sin inflación. Esta situación tiene más ventajas que inconvenientes en la situación actual.

-Si la inflación aumentase por un alza de precios de los productos importados, por ejemplo el petróleo, sólo serviría para que se produjese un incremento de costes de los productos consumidos internamente, con transferencia de riqueza al exterior, y de los costes de producción de los productos posteriormente exportados, reduciendo el margen empresarial. Internamente nadie ganaría con la situación.

-Con un paro muy por encima del 20%, un incremento de la inflación hasta el 2% no llevaría aparejado un incremento de los salarios en la misma cuantía. Por tanto, se produciría una pérdida de poder adquisitivo.

-Los ahorradores también saldrían perjudicados. Actualmente la rentabilidad sin riesgo es nula (letras del Tesoro a un año al 0,1%), pero al menos el principal no se deteriora por la inflación, al ser inexistente. Si la inflación subiera cerca del 2%, los tipos no variarían sustancialmente y sufren los ahorradores mermas en su adquisitivo real.

Se suele argumentar que la inflación es una forma de diluir las deudas a lo largo del tiempo. Esto es así sólo si los ingresos del deudor están indexados a la inflación. Si la inflación sólo sube los costes del deudor y éstos no pueden ser traspasados a los precios de venta de sus productos o servicios, su capacidad de repago de las deudas disminuirá. La inflación erosiona el importe de las deudas sólo si los ingresos del deudor están indexados a la evolución de la inflación. Conseguir inflación en el corto plazo es sencillo, como demuestra el caso japonés. Basta con depreciar la moneda y subir impuestos. La inflación sube en el corto plazo, pero con el peligro de dar paso a una recesión. Si la inflación sube por un incremento de la demanda y por una subida de precios de los bienes producidos internamente, se incrementarían los márgenes, posibilitando el incremento del empleo y de la masa salarial. Sólo este tipo de inflación, a tasas moderadas, tendría efectos positivos. La obsesión por conseguir inflación sin discriminar qué la origina puede llevar a una situación más perjudicial y peligrosa: la estanflación, es decir, estancamiento económico con inflación.
*DIRECTOR GENERAL DE RENTA 4 BANCO