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Equilibrio imperfecto – Por Indra Kishinchand López

   

Era, a simple vista, un tipo normal. No debatiremos el significado de normal. Tenía trabajo, pareja estable, una familia que le quería. Dinero suficiente para viajar una vez al año. Escapadas cada tres meses. Vivía en un piso agradable, luminoso. Tenía veintitantos. Se planteaba casarse, tener hijos… quizás era demasiado pronto. Esperar no sería un mal plan. Algunos de sus amigos le envidiaban. Nunca habían conocido esa clase de equilibrio en el que cada uno de los vértices del triángulo se juntaban para dar con la perfección. A pesar de lo que ellos creyeran, era un equilibrio imperfecto; eso era lo que él admiraba, pero no era capaz de admitirlo. Era un hombre comprometido, con la soledad. Se había enamorado de aquella sensación de abandono hacía ya muchos años. Sin embargo, había aprendido a fingir. Nadie le había dado clases de retórica y aun así sabía cómo debía hacerlo. No es porque el mundo le hubiera hecho así; él se había hecho a sí mismo y no se arrepentía.

No fumaba y no bebía. La soledad era su único vicio, según decían algunos, más peligroso que cualquier otro hábito. Todas las respuestas que ahora aparecían en su mente siempre habían estado allí, en medio del desorden. El tiempo y la distancia le pusieron en su lugar. Y entonces empezó a escribir los besos más tristes y a dar los versos más apasionados. Se encontró a sí mismo; y con la certeza de que había conquistado mucho más que el resto de exploradores, se rindió al olvido.