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después del paréntesis>

Padres – Por Domingo-Luis Hernández

   

Lo conocí lejanamente en la Universidad de Palma de Mallorca, donde es profesor; me lo presentó mi amigo, el catedrático de portugués Perfecto E. Cuadrado. Camilo José Cela Conde me pareció, y es, un hombre sumamente educado, discreto, cordial y con una pizca de ironía nada despreciable. Con él es fácil sostener una exigente conversación sobre cultura o sobre algún menester de su carrera, la Filología. Eso es, frente a su padre. Un universitario que se muestra en su contundencia, en su consecuencia, en su carácter… de manera contraria a como se expuso su progenitor, el reconocido, admirado por muchos y despreciado por otros, el novelista y Premio Nóbel de Literatura Camilo José Cela. Y recuerdo que me pregunté entonces, ¿quién sustenta esos principios, quién es el modelo, padre o madre? Porque lo que queda claro es que en nada se corresponden la desmesura de Camilo José Cela padre con la mesura de Camilo José Cela hijo. En efecto. Al Cela novelista también lo conocí, y lo soportaron amigos míos muy cercanos. Lo que sé y me confirmaron es que ese hombre hacía gala de dos cosas: machacar al prójimo que no le interesaba (porque para los cercanos era sublime) y hacerlo con la manifestación de lo peor de su carácter, la mala educación, el desprecio…; dos, su sexismo y su ordinariez, anclada en palabras, expresiones y palabrotas muchas veces soeces. De donde nos cuesta argumentar (padre contra hijo) si fue una fábrica superficial, cara al público, lo que el Cela escritor acordó, algo así como lo que le ocurrió a Dalí, que a fuer de inventar estar loco terminó siendo un loco de verdad; es decir, no se sabe si por ese modo de proceder resultó ser el Cela novelista el malcriado, zafio, impertinente y todo lo demás que resultó ser. Datos, sin embargo, hay que nos permiten llegar a la misma meta a la que, con el tiempo, llegó su hijo: anormal funcionamiento de su cabeza (por la malcriadez dicha y etc.) y por la aventura más mediática de su vida: Marina Castaño. ¿Por qué permitió el Cela Nóbel que la tal Marina lo descubriera, lo conquistara y lo colonizara? Cuestión de principios, y en los principios la absurda y ridícula desproporción que se repite: joven, guapa y a ocupar; el macho y ese valor del pene en su suprema manifestación. Marina Mercante, la llamamos en su momento. Eso fue, como se reconoce hoy por lo que manifiesta: uno, su verdadero amor, su actual marido, pese a lo expresado por quien la distinguió con sus posesiones y sus derechos, la rúbrica expresa en el testamento de no más matrimonios, ¡faltaría menos!; dos, lo que la justicia investiga de cómo, cuánto y por qué ha manejado el patrimonio del Nóbel de la manera en que lo ha manejado. De donde hay personas que se resisten a la incuria, al menosprecio y a la utilización. Algunos hijos también se oponen. Porque la memoria es un don, y a la memoria la asiste la dignidad, incluso la dignidad de los hijos pese a lo soquetes que hayan sido sus padres. No es cuestión de dinero, de que la susodicha en cuestión haya de devolverle a Camilo José Cela Conde dos tercios de la herencia de su padre; es cuestión de que la transmisión de quien fue padre ha de quedar libre de los manejos deshonestos y viles de una mujer aprovechada (¿lista?).