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Kilómetros de más – Por Indra Kishinchand

   

Me gustaría vivir siempre en cualquier lugar sin tener que mudarme nunca. Cambiar las sábanas cuando no haya más remedio que olvidar. Andar descalza sin preocuparme de las consecuencias. Dormir bajo mis miedos en cualquier hotel de París, Bombay o Nueva York. Ansío volar en aviones que parezcan hogares repentinos, estancias perpetuas de doce horas donde es posible enamorarse y desenamorarse de las nubes y el viento, donde incluso dormido te encuentras en casa. Anhelo esa sensación de encontrarte en un lugar en el que todo el mundo habla tu idioma pero nadie te entiende, hasta que corre el tequila y todos nos hacemos cómplices de los desconocidos; amantes del misterio. Me gustaría vivir siempre en cualquier lugar sin tener que recordar que me hallo donde no nací, donde ni siquiera crecí. Y pasear por laberintos como si yo fuera su creadora y hubiera decidido olvidarme del camino, porque no hay nada más satisfactorio que descubrir (de nuevo) lo que un día aprendiste. Me pasé las noches estudiando y los días olvidando, pero de nada sirvió. Ahora repaso los apuntes de mi paso por cada continente prohibido, como si un recuerdo fuera a devolverme las verdades que no fui capaz de encontrar a escasos metros de mí misma.
Y es que cuando partí todos decían que no hacía falta irse tan lejos. “¿Para qué?”, me preguntaba yo. Porque lo que ellos no sabían es que nunca había estado tan cerca (¿de qué?) como cuando me encontraba a 15.000 kilómetros (¿de dónde?).