Hubo un tiempo en mi vida -ya lejano, por cierto- en el que el fútbol lo era casi todo para mí. Ser futbolista profesional era mi gran ilusión. No tenía especiales cualidades, pero sí mucha voluntad y disciplina. Con 18 años me surgió la gran oportunidad de ascender del juvenil al primer equipo de la UD Orotava, que entonces militaba en Tercera División. Fue un sueño hecho realidad, porque además coincidí allí, casualmente, con uno de mis ídolos de la infancia. En esa temporada el Orotava se había reforzado con varios jugadores veteranos y de renombre. Uno de ellos era José Antonio Tigre Barrios, leyenda viva del fútbol tinerfeño que, aparte de militar en equipos nacionales como Granada, Hércules, Levante y FC Barcelona, fue olímpico con la selección española y hasta ganó una liga de Primera División con el gran Barça de Johan Cruyff. Precisamente, yo me hice culé por culpa de Barrios, y por culpa de Juanito el Vieja, dos barcelonistas que eran los únicos jugadores tinerfeños que encontré en el álbum de cromos de la temporada 1972-73. Estuve casi veinte años jugando al fútbol federado, pero el más especial de todos fue, sin duda alguna, aquél en el que tuve la enorme suerte de compartir entrenamientos y vestuario con el Tigre, un gigante dentro y fuera del terreno de juego. Recuerdo que a pesar de que ya era casi un cuarentón, todavía impartía lecciones futbolísticas con una clase exquisita, con su innato olfato de gol, con esa sabiduría que tienen los cracks para jugar con y sin balón, y con su gran compañerismo. Los juveniles que pasamos al primer equipo alucinábamos jugando al lado suyo, recibiendo su magisterio y su cordialidad. Él fue quién más nos ayudó a los novatos a integrarnos en el grupo de los veteranos. Nos ganó a todos desde el primer día con su carisma y su personalidad arrolladora, pero sobre todo con su simpatía, su optimismo, su sencillez, su humildad, su generosidad y su profesionalidad. Ya era un referente antes de llegar, pero con su extraordinario trato humano se convirtió en el líder y en el alma del equipo. Suele ocurrir que muchos ídolos nos defraudan y se caen del pedestal cuando les conocemos de cerca, en carne y hueso. Pero en este caso, tengo que decir que el ser humano José Antonio Barrios me impresionó todavía más que el gran futbolista que me hizo enamorar del fútbol. Era un ejemplo de deportista y de profesional, un verdadero paradigma para los jóvenes, que muchas veces se dejan encandilar por el falso brillo de las estrellas de brillantina y ferraris. Días atrás, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife inauguró una plaza con el nombre de José Antonio Barrios Olivera, quien a sus 66 años sigue conservando una percha envidiable, su mirada felina y hasta aquella melena característica, más de león que de tigre. Me dio una gran alegría verle en la prensa, agasajado por su ciudad, y más aún, que el Ayuntamiento haya tenido el acierto de hacer justicia otorgando merecidos honores en vida a uno de los deportistas más grandes que ha dado la isla de Tenerife.
