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DESDE LA ÓPTICA >

Con la mirada perdida – Por Javier Rabanal

   

Cuando uno habla con jugadores de cualquier categoría implicados en un ascenso todos te hablan de la unión del vestuario. Por lo general una expresión muy utilizada es el famoso “éramos una piña” o también “éramos una familia”. Pero ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Si el equipo en cuestión obtiene un premio al final del año todo se achaca a la buena relación que hay entre los miembros de la plantilla, pero son pocos los jugadores que lo piensan al revés.

¿No puede ser que los buenos resultados unan al igual que los malos dividen? Al pensarlo con detenimiento, no recuerdo muchos casos en los que un equipo “viento en popa” sufra peleas en los entrenamientos o desencuentros en las salas de prensa. Es por eso que siempre que hablamos de dinámicas sea para resaltar su importancia. En las dinámicas positivas, el tiro en Ipurúa del delantero que habitualmente remata de primeras con la cabeza entra por la escuadra contraria generando todo tipo de bromas por parte de los compañeros. Esas dinámicas no hay que tocarlas. Los cambios que se deben hacer son los justos y los momentos en los que se genere alguna tensión deben ser sofocados con naturalidad. Mientras más duren esos momentos, mejor. El Tenerife de Cervera está en el caso opuesto y eso se ha visto en todos los niveles de un club claramente a la deriva que intenta cargar las culpas siempre sobre los mismos. Este equipo trabaja ordenado como en el día de ayer, e incluso dispone de ocasiones para ponerse por delante, pero ya Guarrotxena no es GuarroChano, Suso no es Suso y lo que es peor, Ifrán no está donde debe por una expulsión absurda de un esperpéntico encuentro ya terminado.

Un portero profesional que salió sin despedirse provocando altercados en los entrenamientos, un director deportivo que hace declaraciones que luego son corregidas por un presidente que echa gasolina al fuego, y sobre todo, lo más alarmante, un entrenador en el banquillo con la mirada perdida que cuando empieza a saborear un punto bien trabajado lo ve esfumarse en una acción a balón parado, en la que el rematador es un chico de algún lugar de la Isla.

Lo normal es que llegados a este punto ocurra lo de siempre: Primero un cambio de entrenador (con el que yo no estoy de acuerdo); luego, en verano, un cambio de director deportivo, y a vender humo a todo el mundo para seguir con el mismo club, el mismo presidente y el mismo hombre en la sombra que ha echado para atrás a todas las candidaturas para relevar a los regidores de una entidad que mira al abismo de la Segunda B, donde de llegar morirá porque, amigos, nosotros ni somos el Oviedo ni tenemos a un magnate como Carlos Slim.