Algunos por convicción y la gran mayorÃa por necesidad. Los polÃticos se han dado cuenta de que en estos tiempos de descrédito institucional y de auge de nuevas formaciones la vida polÃtica es efÃmera si no hacen un ejercicio de transparencia y detallan qué valor ha adquirido la casa en la que viven, qué retribuciones reciben por su actividad pública, cuántos coches tienen y de qué gama, de qué empresa son accionistas o qué herencia recibirán cuando sus padres fallezcan. La moda del striptease polÃtico no conoce ideologÃa y es seguida por alcaldes, presidentes o concejales de distintos partidos. Pero, ¿es esa la transparencia que nos prometieron? Y lo más importante: ¿tendremos un sistema mejor gracias a estos desnudos en cadena?
Hubo un tiempo en que los polÃticos podÃan hacer y deshacer con la impunidad que garantiza la opacidad. El camino recorrido ha sido largo -aunque quede mucho por hacer-, pero hoy la luz empieza a prender porque los ciudadanos están más dispuestos a exigir sus derechos: quieren conocer a dónde va ese dinero público que es de todos y que hoy no sobra. Que los altos cargos comiencen a dar cuenta de su patrimonio en sus incipientes páginas web es una buena noticia. Significa que, voluntariamente o a fuerza de querer patentar una marca, empiezan percatarse de que sus puestos solo son posibles con el beneplácito del ciudadano. Sin embargo, en esa carrera a ver quién enseña más se corre el riesgo de confundir lo que deberÃa ser un simple y cotidiano desnudo con todo un espectáculo. Habrá polÃticos que vengan de familias más humildes y otros -porque en polÃtica también hay endogamia- pertenecerán a árboles genealógicos más consolidados en la vida pública. Sin embargo, más allá de las simpatÃas o envidias que las cuentas de nuestros representantes puedan suscitar, no hay que olvidar cuál es el sentido de los desnudos polÃticos.
Necesitamos mucha más información para poder ejercer con más garantÃas nuestro derecho a la libertad. Y eso no lo conseguiremos aunque sepamos de cuántos apartamentos es propietario nuestro alcalde o cuánto cobraba antes de llegar al cargo. Es un derecho, pero también una cuestión de responsabilidad ciudadana, poder acceder -con facilidad- a todos los concursos convocados por las administraciones y auditar el trabajo de nuestros gestores.
Da igual que el patrimonio de un polÃtico sea escaso o tan ostentoso como para que la polÃtica no le dé de comer. Nuestro objetivo es conseguir que el dirigente que administra nuestro patrimonio no sea un mediocre. Por eso, bienvenidos sean todos los striptease polÃticos, pero no pervirtamos la transparencia y acabemos convirtiéndola en transparencia rosa. Esta vez no.
