De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda pedir perdón por los errores y faltas cometidos. Pide perdón el Papa por la conducta de los curas pederastas y por el daño causado a sus vÃctimas; piden perdón cardenales, arzobispos, obispos y curas. PolÃticos, sindicalistas, banqueros, cantantes y cantautores. Piden perdón presidentes de partidos polÃticos, de gobiernos y parlamentos; alcaldes, concejales, responsables de clubes de fútbol, asà como otros corruptos, chorizos y mangantes. Y hasta tal punto se ha puesto de moda pedir perdón, que el arzobispo de Granada casi se rompe la crisma cuando se arrodilló, sobre el suelo de un templo, para demostrar, con su inusitada acción (los arzobispos de Granada sólo se acuestan en el suelo en Viernes Santo) cuán compungido se hallaba por los supuestos casos de pederastia detectados en su jurisdicción eclesiástica. ¡Pues venga ya! Los pedigüeños del perdón lo que buscan es una dispensa gratuita de la conducta de sus subordinados. O de ellos mismos. Y no me sirve. No le sirve a nadie decente. Porque una cosa es pedir perdón por los errores cometidos. Y otra bien distinta pedir perdón por unos delitos. Un error es una cosa.
Y un delito, otra. Todos cometemos errores, porque, si no fuera asÃ, no serÃamos humanos. Pero lo que es inhumano es que se pida perdón para beneficiar la imagen de una institución, sea cual sea, o de una persona, por muy elevado que resulte su rango en la jerarquÃa social. Creo que la mejor manera de evitar tener que pedir perdón es comportarse de forma que no sea preciso hacerlo. Si los seres humanos (aquà radica el quid de la cuestión) fuéramos rectos en nuestro comportamiento social y en el respeto por los derechos de los demás, que somos todos, (los demás somos todos, no lo olvidemos), entonces no tendrÃamos que pedir perdón más que por pequeños fallos o errores comprensibles. Pero cuando hablamos de delitos, cuando hablamos de la vulneración de derechos básicos de cualquier ser humano, cual es abusar sexualmente de menores de edad con fines diversos, pero igualmente perversos, pedir perdón resulta incongruente, indecente y pecaminoso (entendiendo por pecaminoso cualquier cosa implÃcitamente mala y antisocial al margen de la ideologÃa polÃtica o de la confesión religiosa de cada cual). Me gusta este Papa, muy a pesar de que no soy un tipo religioso, nada de nada religiosos. Jorge Mario Bergoglio viene a poner orden en una institución inclinada a consentir comportamientos que dinamitan su propio mensaje evangélico… Cuando Jesús dijo que permitieran que los niños se acercaran a él, es evidente que se referÃa a la parte más espiritual, sensitiva y comprensiva de la inocencia y la fragilidad de la infancia. Que dentro de su propia casa, hoy iglesia del siglo XXI, niños y jóvenes reciban un trato tan alejado del mensaje del fundador, resulta tan insoportable como repugnante.
En consecuencia, que los cardenales no se tiren al suelo para demostrar su disgusto por los pecados. Hagan algo más edificante: arrojen del templo de Dios a los mercaderes de la carne de inocentes. De la misma manera que el Gran Jefe usó el látigo (*) con los feriantes del templo, quienes acudÃan a la casa del Señor a mercadear en lugar de a orar. El perdón de los hipócritas no es perdón. Es complacencia para los delincuentes y burla para sus vÃctimas…(*). Confieso que siempre me ha sorprendido este pasaje de las Sagradas Escrituras (y repito que no soy religioso). Acostumbrado a contemplar a un Jesús todo amor, comprensivo y generoso, me llama la atención que cogiera un látigo con sus propias manos y arreara unos cuantos guantazos a quienes hollaron la casa de su Padre con fines tan impropios de quienes hoy se llaman cristianos…
Perdón.
