En un silencio únicamente roto por el lanzavapor de la cafetera y el tintineo del trayecto de tazas, platos y cucharillas desde las mesas hacia el fregadero, nuestro protagonista se disponÃa a enfrentarse a un nuevo dÃa. En su establecimiento acostumbrado, ya con su cortado y su medio bocadillo sobre una mesa iluminada por los amarillentos rayos solares del amanecer, saboreaba la tranquilidad de ese dÃa festivo. Despiezado y vertido el sobre de azúcar en su vaso, removido convenientemente a continuación, suspiró dirigiendo una penúltima mirada a su alrededor y cogió el periódico.
Era el ejemplar diario que estaba a disposición de la clientela de la cafeterÃa, y a esas horas, por sus páginas ya habÃan deambulado decenas de miradas; el tacto del papel también asà lo atestiguaba, junto a los dobleces forzados de sus esquinas. En una época en la que hay quienes creen que con un vistazo a las resumidas ediciones digitales de los periódicos o a un salpicón de titulares, ya están informados; él seguÃa defendiendo las noticias impresas sobre el papel. Primero porque dan la pausa necesaria para digerir los acontecimientos, a veces para entenderlos; y segundo, porque esa manera tangible de tocar, de recibir la información le permitÃa elegir dentro de la oferta del periódico, en qué páginas detenerse, fisgonear o leer, además sin tener que estar conectado por cables o redes inalámbricas invisibles. Hoja a hoja, cortando el aire, de página par a impar, repasaba noticias y observaba las fotos. Alguna miga del crujiente pan que envolvÃa el bocadillo de jamón y queso caÃa al pliegue central del periódico, mientras sus ojos basculaban de derecha a izquierda entre las tipografÃas. Concentrado en las historias del dÃa transcurrÃa el tiempo. Se dice que cada español dedica una media de 40 minutos a la lectura de periódicos de papel frente a los 55 minutos que ya emplean en leer prensa por Internet. Compaginando ambos caminos, para disfrutar informándose, yo prefiero el sabor del papel.
