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Secuestrados por el ‘selfie’ – Por Saray Encinoso

   

Hacía calor y a pocos metros un clérigo iraní, que había llegado a Sídney solicitando asilo político muchos años atrás, mantenía secuestradas a un número indeterminado de personas dentro de una cafetería. Man Haron Monis ya había sido acusado de complicidad en el asesinato de su exmujer, que fue quemada viva, y acumulaba una lista de 40 denuncias sexuales, pero durante horas el mundo supo poco de ese refugiado que había acabado radicalizándose y que no estaba fichado como terrorista por las autoridades. La policía no quiso hacer público su nombre ni revelar más información de la necesaria para evitar filtraciones en las redes sociales, pero sí anunció que se había activado el protocolo por atentado. La decisión de mantener cautivas a esas personas en aquel café de Lindt fue, probablemente, la manera de este hombre de vengarse del gobierno australiano, uno de los principales aliados de Estados Unidos en la guerra de Afganistán, un conflicto que se ha eternizado tanto como para ser el Vietnam de nuestro tiempo.

Los transeúntes que pasaban por la zona no tardaron en arremolinarse alrededor del cordón policial. Muchos buscaban más datos, saber quién estaba dentro, cómo iban las negociaciones, por qué estaba ocurriendo, cómo habían conseguido escapar varios de los rehenes. Otros, durante esa espera que se prolongó durante horas y que terminó con tres muertos y varios heridos, tuvieron tiempo para coger sus teléfonos móviles, sacarse selfies y publicarlas en Twitter.

Esa dependencia de los halagos del espejito de Blancanieves, que en la era digital se traduce en el número de favoritos, retuits o me gusta que obtienen nuestras fotos, es una enfermedad que va mucho más allá del hedonismo asociado a la veneración de la propia imagen y que hace que traspasemos los límites éticos más básicos. Esta vanidad del siglo XXI se vio también, de otra forma, en las cadenas de televisión australianas: los informativos dedicaron casi la mitad del tiempo a analizar las reacciones de los medios internacionales ante el suceso. Estamos tan obsesionados por fabricar nuestra propia imagen que no nos queda tiempo para concentrarnos en lo importante: analizar, entender, pensar. Porque ya no importa cómo somos, qué hacemos o qué decimos, sino cómo nos perciben. El problema es que mientras nos esforzamos tanto en parecer nos olvidamos de ser. Más triste aún que los selfies durante el secuestro -y me provocaron una vergüenza y repulsa enormes- es la certeza de que somos rehenes del fenómeno selfie y no lo sabemos. Somos una sociedad enamorada de sí misma y eso nos hace más egoístas, más siniestros, más insolidarios. En definitiva, peores.

@sarayencinoso