El triunfo de Tabaré Vázquez, de la coalición izquierdista Frente Amplio (FA), en las presidenciales del domingo pasado en Uruguay era previsible, pues por errores de los partidos tradicionales, y su excesiva dependencia de la vecina Argentina, sufrió en 2002 idénticos descalabros económicos y sociales que esta, masivo éxodo incluído. Pero al contrario que Argentina, de la mano de un FA que por tercera vez consecutiva repite poder, en diez años Uruguay triplicó riqueza; redujo la pobreza al 10,5 por ciento; el salario promedio anual es de 14.000 euros; el paro bajó al 6,5 por ciento; sextuplicó hectáreas sembradas, e importa menos hidrocarburos.
Todo con políticas de Estado serias, atracción de inversores y respeto por el Estado de Derecho, alejándose de izquierdas latinoamericanas que aplican programas fracasados disfrazados de nacionales y progresistas. Quedan promesas incumplidas por Vázquez en su primer mandato y el saliente José Mujica: más infraestructuras para agilizar tantas exportaciones; “más educación” (promesa incumplida por Mujica, por lo que el rendimiento escolar está por debajo del promedio latinoamericano); promover sectores productivos no primarios pues una caída de precios de cereales y carnes sería catastrófico; y convertir Uruguay en “puerta de salida” de exportaciones de Paraguay y Bolivia. Aún así, lo logrado por esta coalición de izquierdas uruguayas (FA), donde conviven las líneas que lideran Vázquez (moderada) y Mujica (revolucionaria), no es milagro sino consecuencia de estrategias de gobierno consensuadas pese a tal división, que le permitieron inclusive minimizar el daño causado por la escandalosa disolución de la aerolínea de bandera Pluna, y la calificación del país como presunto paraíso fiscal. Por ello, Uruguay ha vuelto a rechazar a sus partidos históricos causantes de la crisis de 2002 y, para crecer más, reelecto a una izquierda eficiente que le inserta en el mundo.
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