Una breve estancia la pasada semana en Madrid me apartó de estas páginas, pero me acercó a unos amigos con los que compartí algún protagonismo en la Transición y que seguimos pensando que no cumplimos años sino experiencias. Y coincidimos en comentarios sobre la situación actual y el desarrollo de la campaña para las elecciones autonómicas y locales ya a punto de celebrarse. Y una primera coincidencia, sin atribuirnos ningún don profético, fue que Susana Díaz no sería investida antes del 24 de mayo dado que las restantes fuerzas políticas concurrentes en el Parlamento andaluz no tomarían ninguna decisión antes de conocer los resultados de las próximas elecciones, que ven como unas primarias para las generales.
Y mientras los candidatos se desgañitan, la calle ni se moviliza ni se pronuncia. Sencillamente espera y cuando los encuestadores le preguntan por su intención de voto suele eludir la cuestión con “un no sabe, no contesta”, amplio y ambiguo, que los que la formulan apuntan en el apartado de indecisos, bien en el casillero de la abstención o en el del voto oculto. Este voto oculto resultó imprevisible en las elecciones generales del Reino Unido, con unos resultados que ni el triunfador, David Cameron, sospechó y que, en España, Mariano Rajoy ha querido verlos como un anticipo de lo que podrá ocurrir en las generales españolas, sin tener en cuenta que para ellas aún resta un largo plazo y que los resultados del 24M, imprevisibles, harán cambiar estrategias. Y conocedores de ello, todos los partidos -los tradicionales aspirando a mantener el bipartidismo, y los nuevos, creyendo que éste es imperfecto-, queman sus últimos cartuchos en convencer a los ciudadanos para que les voten y, particularmente, a estos indecisos.
Los de mi generación estamos convencidos de que nos costó mucho alcanzar una democracia representativa, la más larga en nuestra historia y que ahora mismo nos permite votar. Y la conseguimos todos, los que concurrimos a las elecciones como elegibles y los que actuaron como electores, en unas circunstancias problemáticas y difíciles de las que salimos airosamente y que hoy, en 2015, casi cuarenta años después de acudir a las urnas que nos estuvieron vedadas durante los cuarenta anteriores, se nos abren para unas elecciones a las que concurren muchos jóvenes que nacieron con la democracia, desconocen lo que supuso traerla y tienen escasas referencias del pasado. La historia de España, especialmente del siglo XIX hacia acá, ha seguido un movimiento sinusoidal con hoyos de corrupción y picos de regeneración. La Transición, de 1977 a 1982, supuso una regeneración y justamente ahora tratamos de salir de la corrupción que se ha generalizado de manera alarmante, con la urgencia que exigen los analistas y los ciudadanos de a pie. Los políticos, repetidores o novatos, también la invocan y tratan de explicar, unos, que ellos son el cambio y, otros, que el recambio -con confesión de pecados y propósito de enmienda- que proponen elimina aventurismos y es más fiable. Con todo, por autonómicas y locales, por su cercanía, parece que influirán más las personas que las siglas, pero, ante todo, si queremos mantener el sistema que nos hemos dado y compartimos con los países libres más avanzados hay que votar.
Los partidos históricos cargan con el lastre de lo que no han hecho o han hecho mal y los emergentes con una falta de estructura que no se improvisa y que puede dar entrada en sus listas a gente sin credenciales. De los votantes dependerá que muchas cosas se pongan en su sitio y que se clarifique un panorama, ciertamente confuso. Y de los candidatos elegibles que dejen claro que entienden por empatía, a la que recurren cuando nos piden el voto y que no es otra cosa que capacidad para sentir lo que el ciudadano siente y entender lo que espera de ellos: soluciones a problemas reales y no utopías populistas o demagógicas.