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La tragedia olvidada de Los Rodeos

El avión se deshizo en múltiples pedazos y ardió, tal y como se aprecia en la fotografía del accidente publicada en el periódico La Tarde. | DA
El avión se deshizo en múltiples pedazos y ardió, tal y como se aprecia en la fotografía del accidente publicada en el periódico La Tarde. | DA

YAZMINA ROZAS | La Laguna

Eran las 21.17 horas del 5 de mayo de 1965. El Super-Constellation de Iberia, que cubría la ruta Madrid-Tenerife, intentaba aterrizar en el aeropuerto de Los Rodeos, que estaba totalmente cubierto por una espesa niebla. Tras un primer intento abortado, el piloto volvió a intentarlo, pero en esta ocasión chocaría contra una máquina excavadora y se produciría la catástrofe que dejaría el terrible saldo de 32 muertos y 16 supervivientes. “Se sabe que el avión dio varias pasadas sobre el campo antes de intentar la toma de tierra, y después de que chocara con la aludida máquina, rodó sobre la pista, pero ya de manera violenta, rebasando la misma en unos 500 metros y produciéndose la catástrofe definitiva en el barranquillo de La Centinela, en el que el aparato se deshizo en múltiples pedazos, incendiándose a continuación”, recogió en aquel entonces el extinto diario La Tarde. En el avión volaban casi 50 personas, sobre todo residentes pero también muchos extranjeros, aunque iba a la mitad de su capacidad. Entre el pasaje solo había un menor que, lamentablemente, falleció en el accidente.

“En ese momento no piensas en nada, solo está el sentido de supervivencia de liberarte y ver cómo salir de ahí”, relata Wolfgang Kühn, uno de los 16 supervivientes de aquella tragedia, de la que el próximo 5 de mayo hará 50 años. Por ello, este vecino de Tenerife está tratando de organizar en esa fecha un acto en memoria de los fallecidos, para lo que está buscando la colaboración de AENA e Iberia e intentando localizar a los demás supervivientes que aún vivan. En aquel entonces Wolfgang Kühn tenía 24 años, era uno de los pasajeros más jóvenes del avión, y volvía a Tenerife, vía Madrid, de una feria de relojes en Suiza. Llevaba tres años en la Isla, donde vino a aprender español y al final se quedó trabajando en una empresa de importaciones y venta al por mayor. “Había niebla en la misma pista. Hubo un primer intento de aterrizaje y volvió a subir. Entonces supuse que haríamos noche en Las Palmas, como solía pasar en aquella época cuando había niebla en Los Rodeos. Pero intentó aterrizar de nuevo y al subir el tren de aterrizaje y la cola chocaron con el tractor y volvimos para abajo”, recuerda. “El piloto no debería haber intentado aterrizar de ninguna forma -lamenta-, hoy en día con los instrumentos que hay no pasa nada, pero en aquella época no debería haberse arriesgado”.

Imagen del cortejo fúnebre que acompañó al sepelio de las víctimas, publicada en La Tarde. | DA
Imagen del cortejo fúnebre que acompañó al sepelio de las víctimas, publicada en La Tarde. | DA

La misma opinión comparte Manuel Rueda, que tenía 27 años y fue una de las dos únicas personas de la tripulación que sobrevivieron y que reside desde entonces en Madrid. “Había otro comandante volando por allí también y le dijo al nuestro que el tiempo estaba muy malo y que no se podía aterrizar y que se iban a Las Palmas. Nuestro piloto no debió intentar aterrizar…”.

Kühn y Rueda, que han seguido en contacto desde entonces, viajaban en la parte de atrás del avión, que fue la que salió mejor parada del accidente y donde, en consecuencia, hubo más supervivientes. “Cuando oí el golpe la verdad es no lo sentí tan grande, estaba atontado, pero no perdí en ningún momento la conciencia. Cuando aquello comenzó a arder nos dimos cuenta de que era grave, solo me quemé un poco la cara y la mano, pero nada más, fue más el shock. Yo no sé si salí por mi propio pie o me sacaron, la verdad es que no estoy muy seguro”, rememora Rueda.
Wolfgang Kühn tampoco perdió la conciencia y, por suerte, tenía muy pocas lesiones. “Estaba en mi asiento, que estaban todos estrujados y tuve la fuerza de liberarme. Al lado mío estaban tres curas anglicanos que no tuvieron la misma suerte y murieron. Entonces vi que detrás de mí el avión estaba abierto y por ahí salieron el azafato y la azafata y yo detrás de ellos”, relata. “Tal vez podía haber salvado a alguien -lamenta-, pero ardió todo y en ese momento no piensas en nada sino en correr”. La azafata que vio salir era María Eugenia Méndez, la segunda superviviente de la tripulación, quien solo tenía 19 años y era su tercer o cuarto vuelo. Junto a los dos azafatos que se salvaron al final, también salió del avión un tercero, “por su propio pie -señala Rueda-, pero llegó muerto” al aeropuerto.

Los supervivientes que lograron salir del avión se encontraron en medio del campo, desorientados y rodeados de la espesa niebla que no dejaba ver dónde se encontraban. “Yo fui por un lado y los azafatos por otro. Yo estaba corriendo por allí, no sabía dónde estábamos, no se veía nada -explica Kühn-, hasta que me encontré de repente con un camión que me llevó al aeropuerto”. “Iba como un loco, con la niebla que había, y yo le dije: mire, vaya más despacio que me acabo de salvar de un accidente de avión y no quiero morir en un coche”, recuerda bromeando.
Ambos fueron derivados a hospitales y clínicas de La Laguna y de Santa Cruz, a donde también llevaron al resto de heridos. En la confusión inicial tras el accidente se hablaba de siete o nueve muertes, según relatan las crónicas periodísticas de la época, pero la primera confirmación elevó la cifra a 28 fallecidos, que al día siguiente aumentó hasta los 32, la cifra final.

Wolfgang Kühn, tras el accidente y en la actualidad. | F. P
Wolfgang Kühn, tras el accidente y en la actualidad. | F. P

Tanto Kühn como Rueda fueron dados de alta a los pocos días. “Gracias a Dios tengo un carácter bastante fuerte y no me afectó -indica Kühn-, porque a los tres días tuve que volar por trabajo. No me afectó, pero aterrizando en Tenerife me empezaron a sudar las manos. Desde entonces he volado muchas veces, incluso en la cabina y en condiciones fatales, solo me da algo de nervios cuando aterriza en Tenerife. Lo he sobrellevado bien, pero sé de supervivientes que después no han volado más”.

No fue el caso de Manuel Rueda, quien a los pocos días tuvo que montarse de nuevo en un avión para volver a la Península. “El día que me volvía me dio un ataque de nervios, y aquí solo, que ni podía levantarme, porque te enfrías y te das cuenta de lo que ha pasado… Estuve dos meses y medio de baja, con un psicólogo que me dijo que o volaba pronto o el miedo iba a ser muy grande. Y yo con 27 años no iba a dejar de trabajar”, relata.

Así que volvió a subirse a un avión, y, “aunque al principio te da un poco de miedo, luego pasaba más miedo de pasajero que trabajando, pero a raíz del accidente me salió una úlcera de estómago con la que estuve 12 años”. En los 33 años que siguió trabajando en aviones volvió más veces a Tenerife, pero solo un par de ellas a Los Rodeos, porque en aquel entonces todos los aviones comenzaron a derivarse al aeropuerto Reina Sofía. “A mí me pasaron a otro avión distinto y solía ir en primera clase, donde el avión se mueve mucho menos, y los compañeros se portaron muy bien. Con el tiempo todo se olvida”, anota.

Portada de La Tarde. | DA
Portada de La Tarde. | DA

Hasta que suceden hechos como el del vuelo de Germanwings que se estrelló el pasado 24 de marzo en los Alpes, y que traen a la memoria viejos recuerdos. “El día que oí lo del accidente en los Alpes estaba con una angustia y una depresión grandes -manifiesta Kühn-, había ido con mi mujer a una agencia de viajes para hacer un crucero y estaba en tal estado que no tenía ganas de hacer ningún viaje ni nada. Ese día estaba pensando en la cantidad de gente que había dejado su vida ahí”.

Wolfgang Kühn volvió con un amigo a Los Rodeos justo al día siguiente de su accidente, cuando aún estaban los restos del aparato. “Fuimos al punto donde más o menos creíamos que podría haber estado sentado y encontré mi cartera medio quemada, con algunos documentos, y desde entonces guardo el carnet del club náutico medio quemado. Y siempre que vuelo lo llevo conmigo”. Quizás para que le vuelva a dar la suerte que tuvo el 5 de mayo de 1965.

Multitudinario cortejo fúnebre
Al día siguiente del accidente, el 6 de mayo de 1965, tendría lugar el solemne funeral de 21 de las víctimas en la catedral de La Laguna, con la presencia de múltiples personalidades políticas y de la sociedad del momento. Tras la misa, una multitud acompañó al cortejo fúnebre hasta la parroquia de San Juan, donde “se rezó un responso ante los féretros […], organizándose inmediatamente después el traslado de los mismos hacia el cementerio municipal de La Laguna”, según recogieron los medios de la época, como el desaparecido La Tarde. Asimismo, esa misma noche fueron trasladados a Madrid en avión varios de los féretros de las personas no residentes en la Isla.