CINE

Viaje hacia la oscuridad

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Por Claudio Utrera

Para cualquier cineasta enamorado de su oficio, 20 largos años sin dirigir una película podría suponer una verdadera catástrofe profesional o, en el menos grave de los casos, un frenazo en la vida laboral de consecuencias imprevisibles. George Lucas llevaba ese mismo periodo de tiempo sin hacerlo y, no obstante, ha estado siempre muy lejos de encontrarse en el ocaso de su carrera. Al contrario, su leyenda, impresa en letras de oro en los anales de Hollywood, se ha ido acrecentando con el paso del tiempo, a pesar de su prolongado retiro como director y de su escasa filmografía -en más de 40 años de carrera solo ha realizado siete largometrajes-, sigue ocupando los primeros puestos entre las preferencias del gran público.

Pero, a diferencia de los realizadores que, por una u otra razón, han tenido que soportar largos periodos de paro involuntario, el autor de THX 1138 (1970) y American Graffitti (1973) ha empleado todos estos años no solo en producir y gestionar películas para otros y en armar negocios multimillonarios a su alrededor, sino en proyectar, idear y madurar su reencuentro con una de las franquicias cinematográficas más populares y lucrativas de la historia del cine gracias a cuyos descomunales beneficios que, lógicamente, seguirán aumentando tras el preceptivo lanzamiento en DVD y en Blu-ray de los episodios sucesivos, sigue disparando sus ventas en el mercado internacional, ha podido permitirse el lujo de aguardar dos largas y expectantes décadas hasta consumar su tan esperada rentrée con nuevas y frenéticas aventuras en las que, como es habitual, las fuerzas del bien, encarnadas en la figura suprema del Jedi, se enfrentan a las indesmayables fuerzas del mal en un duelo de colosales dimensiones.

El resultado de aquel anhelado regreso se tradujo en una nueva y deslumbrante trilogía que ahondaba aún más en los orígenes de la exitosa saga emprendida en 1977, así como en otro importante aldabonazo en el box office internacional de su mítica compañía. Sus fuentes de inspiración, según sus propias declaraciones y ante la evidencia de numerosos detalles que así lo atestiguan, se sitúan entre Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford; las aventuras equinocciales de Flash Gordon, protohéroe galáctico por antonomasia, y en dos de los filmes más sobresalientes del gran Akira Kurosawa, de cuyas vigorosas imágenes y de cuyos turbadores argumentos se nutre su saga constantemente: La fortaleza escondida (Kakushi toride no san akunin, 1958) y Los siete samuráis (Schichinin no samurai, 1954), influencias que le condujeron, en 1980, a producirle Kagemusha, la sombra del guerrero (Kagemusha), una de las cumbres indiscutibles del autor de Vivir (Ikiru, 1952) con la que Lucas salda la enorme deuda artística contraída con este maestro desde los inicios de su carrera.

Otra de Star Wars

Aunque no lo parezca, ya han transcurrido más de ocho lustros desde que aquel joven de escasa estatura, barba encanecida y mirada traviesa, apadrinado por Coppola seis años atrás, lograra cautivarnos con su endemoniada habilidad para transportarnos a un mundo de ficción cargado, a partes iguales, de aventuras, misterio, humor, ritmo, y emoción, un coctel explosivo que, tal y como lo demuestran los índices de audiencia que siguen registrando sus películas en los soportes más diversos, no agota nunca su poder de fascinación sobre un público virtualmente abducido por la magia del espectáculo en estado de gracia.

El reestreno, en 1997, de las tres primeras entregas de la serie, restauradas y con sonido digitalizado, no hizo más que corroborarlo, además de reafirmar el gran acierto que en todos los órdenes supuso para el fantastique el nacimiento de este gran suceso cinematográfico del que aún se desconoce cuándo se producirá, si sus mentores así lo decidieran, claro está, su definitivo final. En cualquier caso, sospecho que La guerra de las galaxias solo sucumbirá cuando otra saga de similares características logre desalojarla del podio en el que todos, autores y espectadores, la hemos colocado desde sus orígenes. Y esa situación, obviamente, no parece estar muy cercana.

Hay quienes aseguran que el éxito mundial de Lucas no ha sido fruto del azar, que su cine está firmemente sujeto a una maquinaria perfectamente engrasada que funciona a pleno rendimiento porque solo él tiene en sus manos el secreto para hacerlo con tanto acierto, una suerte de varita mágica que, como por encantamiento, transforma en oro todo lo que toca, incluso cuando no lo hace en su condición de director sino solo de productor como en la citada Kagemusha, la sombra del guerrero; En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Arc, 1981), de Steven Spielberg; Mishima (Mishima, 1985), de Paul Schrader; Tucker, un hombre y su sueño (Tucker, the Man and his Dream,1988), de Francis Ford Coppola, o Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981), de Lawrence Kasdam.

Es un hecho fácilmente verificable que más del 80% de las megaproduciones estadounidenses de las últimas décadas llevan, si no su nombre, sí al menos el de su ya legendaria compañía Industrial Light and Magic, empresa especializada en la confección de los efectos visuales más sofisticados cuya avanzada tecnología ha contribuido, desde hace algunas décadas, a revolucionar integralmente este importante aspecto de la industria cinematográfica actual sin cuya existencia, qué duda cabe, muchos de los títulos canónicos del mainstream cinematográfico desde los años ochenta y noventa hasta ahora no hubiesen brillado con la misma intensidad ni hubiesen cosechado éxitos taquilleros tan importantes.

Sin defraudar a nadie, colocando cada pieza en su sitio, combinando sabiamente la rentabilidad comercial con la inventiva y la imaginación más desbocadas; la emoción con la funcionalidad; la cosmovisión de un universo visual ajustado a los mecanismos más ortodoxos de la narrativa fílmica, sus películas han conquistado literalmente el mundo pues, además de haber recibido los parabienes de la crítica, la trilogía inicial de la franquicia lleva recaudada hasta la fecha la nada despreciable cifra de un billón setecientos mil dólares. Los otros tres episodios, La amenaza fantasma (The Phantom Menace, 1999), El ataque de los clones (Attack of the Clones, 2002) y La venganza de los Sith (Revenge of the Sith, 2005), arrojan, también hasta el día de hoy, un saldo de dos billones quinientos mil dólares y no hay nada que nos haga pensar que El despertar de la fuerza (The Force of Awakens, 2015), el séptimo episodio que se estrena hoy en todo el mundo, así como los otros dos que ya se han anunciado para antes de 2019, no obtengan similares resultados.

Star Wars VII bis

Sin su presencia ya en los créditos, aunque con su alargada sombra proyectándose sobre dos guionistas de excepción, Lawrence Kasdan y Michael Arndt, Lucas seguirá siendo, con total seguridad, un poder fáctico en el desarrollo futuro de la serie, a pesar de que la franquicia ya no le pertenece tras su adquisición por Disney, hace tres años, por la friolera de 4.050 millones de dólares, un punch financiero que ya provocó en su día no pocos recelos entre las legiones de followers de la serie hasta que sus nuevos propietarios garantizaron su prolongación con el anuncio de una nueva trilogía donde “prevalecerá, por encima de todo, el espíritu de los filmes fundacionales de la saga”. Sea como fuere, a partir de hoy viernes tendremos ocasión de averiguarlo.

Como Spielberg, su buen amigo y colega, Lucas sabe que para dar en la diana del éxito hay que suministrarle al público lo que realmente desea pero, eso sí, acompañado siempre de unas notables dosis de credibilidad, de oficio y muchísima imaginación, detalles que pasan muchas veces inadvertidos para muchos cineastas hollywoodienses en su afán por deslumbrar a primera vista mediante el empleo apabullante de imágenes turbulentas que se digieren con la misma rapidez con la que se olvidan. No importa demasiado a través de qué tipo de claves expresivas les proporcionas al público esas sensaciones, ni de qué volumen de recursos dispones para conseguirlo, ya que lo que realmente cuenta es que llegues directa y eficazmente a la sensibilidad emocional del espectador, que lo conmuevas y le “generes el mismo frenesí que provoca el movimiento vertiginoso de una montaña rusa”.

Y Lucas, que del show business conoce todo lo que hay que conocer y más, tiene tan aprendida la lección que no ha dudado en emprender, tras casi 40 años transcurridos desde Una nueva esperanza (A New Hope), primer filme de la saga, un nuevo reto profesional, sumergiéndose de lleno, aunque a partir de ahora desde la atalaya del anonimato, en el complejo entramado de esta incombustible space opera mientras nos desvela algunos de los más oscuros y alambicados enigmas que quedaron flotando en las seis entregas precedentes.

Legiones de espectadores se convertirán nuevamente en testigos de un nuevo acontecimiento histórico en los anales del espectáculo: el estreno de lo que algunos observadores no han tenido el menor empacho en calificar como “la película más esperada de todos los tiempos”: el último episodio, por el momento, de una serie que no parece que vaya a tener fin, al menos mientras esta siga ejerciendo en el público el mismo poder de seducción que la ha hecho mundialmente famosa durante casi cuatro décadas.

Así pues, la enorme expectación creada por este filme, cuyo presupuesto supera los 200 millones de dólares, incrementados por la extrema cautela con la que su director, J. J. Abrams, la preparó, la rodó y la montó en el Skywalker Ranch de Marin County, el Xanadú particular de Lucas en California, tendrá, sin la menor duda, su fiel correlato en las taquillas, como ya han pronosticado desde todos los medios, incrementado de paso la expectación por la presentación de la octava entrega que, según informaciones aún no contrastadas, su estreno estaría previsto para el otoño de 2017.

El carrusel, como se ve, no se detiene. Mientras se cuente con el combustible necesario para seguir alimentando a esa miríada de devotos que rinden culto a esta inextinguible saga, Star War continuará cumpliendo con su cita periódica en las pantallas, aportando las oportunas dosis de emoción, acción e intriga para no defraudar nunca a su público natural. Lo veremos en sucesivos episodios.